Aprender a separarse para volver a encontrarse
- Gotzone Silva Arteche

- hace 5 días
- 3 Min. de lectura

En las relaciones de pareja hay una escena implícita, silenciosa, que suele repetirse. Esta escena no suele ser nombrada y, muchas veces, es difícil de identificar. Cuando dos personas se conocen, se eligen y se enamoran, muchas veces sin darse cuenta, empiezan a parecerse cada vez más. Al principio eso se vive como algo hermoso: “nos entendemos sin hablar”, “somos uno solo”. Esto que se vive como un privilegio mágico en la relación de a poco comienza a apagarse.
En la constitución y construcción de una pareja se genera un proceso casi imperceptible: la anulación de las diferencias en nombre de la unión . Como si amar implicara volverse iguales, pensar igual, sentir igual, reaccionar igual. Y ahí, sin hacer ruido, empieza a crecer lo que Alfredo Canevaro llama el “monstruo simbiótico”. En este momento es cuando ser “uno” empieza a separarlos.
La metáfora es potente: una pareja que, en apariencia, está muy unida, pero que en realidad ha perdido su capacidad de encuentro. Se parecen tanto que ya no hay diálogo real, no hay descubrimiento, no hay reconocimiento del otro .
Es curioso, lo que parecía señal de salud: “nosotros contra el mundo”, “no necesitamos a nadie más", puede ser, en realidad, una forma de empobrecimiento de la relación. Porque el vínculo se vuelve cerrado, rígido, y deja de nutrirse.
Este monstruo no destruye la pareja de golpe. Lo hace de forma lenta y casi cariñosa, va borrando las particularidades de cada uno, esas diferencias que al inicio eran atractivas y que ahora parecen incómodas o peligrosas. Entonces aparece una paradoja: la pareja está más fusionada, pero menos conectada. Apareciendo así, el miedo a ser uno mismo.
En el fondo, esta fusión no es casual. Tiene que ver con algo profundamente humano: el miedo a perder el vínculo. En este contexto, ser diferente, o mostrar diferencias con la pareja puede sentirse como un riesgo, pensar distinto puede vivirse como una amenaza y querer algo propio puede generar culpa. Es así que se genera la tormenta perfecta, donde en lugar de negociar las diferencias, muchas parejas optan, sin saberlo, por eliminarlas.
El costo de eliminarlas es muy alto. Cuando desaparece la diferencia, también desaparece el espacio donde puede ocurrir el encuentro. De esta forma, cambiando la mirada, lo que parece un problema puede ser un recurso.
Las diferencias que se intentan borrar, y que muchas veces generan el conflicto, pueden convertirse en el recurso más valioso de la relación. No se trata de “soportar” que el otro sea distinto, se trata de usar esa diferencia como puente. Cuando una pareja logra sostener que el otro es un mundo distinto, algo se transforma: La conversación se vuelve más rica, la curiosidad reaparece, el vínculo deja de ser automático y se vuelve elegido, en lugar de intentar cambiar al otro (esa misión interminable, que es un esfuerzo inútil que consume energía) , la pareja puede empezar a construir algo nuevo: un espacio donde dos identidades distintas coexisten sin anularse.
Del amor que fusiona al amor que acompaña, Canevaro distingue dos formas de amor que ayudan a entender este proceso. Por una parte, está el amor romántico, que tiende a la fusión, a la ilusión de ser uno solo. Por otra parte, esta el amor coterapéutico, que crece con el tiempo y se basa en acompañar al otro en su propio desarrollo. Este segundo tipo de amor es menos espectacular, pero mucho más profundo. No busca que el otro complete, sino que se despliegue.
Es un amor que dice: “no necesito que seas como yo para estar contigo”. Tal vez el verdadero desafío en una pareja no sea mantenerse unidos, sino aprender a separarse lo suficiente como para poder encontrarse de nuevo. De esta forma, recuperar lo propio, reconocer lo distinto y aceptar que el otro no tiene que ser igual a ti.
Porque, al final, no se trata de evitar el conflicto ni de eliminar las diferencias. Se trata de aprender a habitarlas sin miedo. Y es ahí, donde antes había amenza, que empieza a aparecer el vínculo real.



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