Contención emocional en contextos de incendio: primeros auxilios psicológicos y responsabilidad social


Los incendios forestales que han afectado a las regiones de Biobío y Ñuble han
generado un impacto profundo no solo a nivel material y ambiental, sino también en la salud
mental de las personas, familias y comunidades que han vivido evacuaciones, pérdidas,
amenazas a la vida y una fuerte sensación de incertidumbre. En este tipo de emergencias,
las reacciones emocionales intensas son esperables y comprensibles: miedo, angustia,
tristeza, rabia, desorientación, alteraciones del sueño, dificultades para concentrarse y una
sensación persistente de alerta. Frente a este escenario, los primeros auxilios psicológicos
se constituyen como una herramienta fundamental para brindar apoyo emocional inmediato,
humano y respetuoso, orientado a reducir el malestar inicial y favorecer el afrontamiento en
un momento de crisis.
Los primeros auxilios psicológicos no implican intervención clínica ni diagnóstico,
sino una forma de acompañamiento centrada en la presencia, la escucha activa y la
Validación de la experiencia subjetiva de cada persona. Su objetivo principal es ayudar a
restablecer una sensación básica de seguridad, calma y orientación, facilitando el acceso a
información clara y a redes de apoyo disponibles. Esto supone respetar los tiempos
individuales, no forzar el relato de lo vivido, evitar juicios o interpretaciones, y reconocer los
recursos personales y comunitarios que las personas ya poseen para enfrentar la situación.
En contextos de incendio, este acompañamiento puede ser clave para disminuir la
sensación de desamparo y fortalecer el sentido de conexión con otros.
Es importante considerar que el impacto psicológico de una catástrofe no se limita al
momento inmediato de la emergencia. Si bien muchas personas logran ir recuperando su
equilibrio emocional con el paso del tiempo y el apoyo adecuado, otras pueden presentar
repercusiones a mediano y largo plazo, como síntomas persistentes de ansiedad,
depresión, estrés postraumático, duelo complejo o dificultades para retomar la vida
cotidiana. La pérdida de viviendas, fuentes de trabajo, territorios significativos y vínculos
comunitarios puede afectar profundamente los proyectos de vida y la identidad personal y
colectiva. Por ello, el trabajo en salud mental no debe agotarse en la fase aguda de la crisis,
sino que requiere una mirada sostenida en el tiempo.
En este sentido, el fortalecimiento y la articulación de las redes psicosociales resulta
fundamental. Servicios de salud, equipos de atención primaria, organizaciones
comunitarias, establecimientos educacionales, agrupaciones territoriales y redes informales
de apoyo cumplen un rol clave en la detección temprana de necesidades, en el
acompañamiento continuo y en la derivación oportuna cuando se requiere atención
especializada. La recuperación emocional tras un desastre es un proceso colectivo, que se
construye en la vida cotidiana, en el reencuentro con otros y en la posibilidad de reconstruir
sentido y pertenencia.
La labor de quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental se inscribe en este
contexto, como una expresión concreta de responsabilidad social. Acompañar, orientar y
sostener emocionalmente a personas afectadas por los incendios no es solo una tarea
técnica, sino también un compromiso ético con la dignidad humana y el bienestar
comunitario. Esto implica actuar con sensibilidad cultural, respeto por las realidades locales
y conciencia de las desigualdades que suelen profundizarse aún más tras las catástrofes.
Promover espacios de contención, cuidado y apoyo mutuo hoy, y mantenerse atentos a las
necesidades que emerjan en el futuro, es parte fundamental del aporte que la salud mental
puede y debe realizar en procesos de emergencia y reconstrucción social.



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