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Contención emocional en contextos de incendio: primeros auxilios psicológicos y responsabilidad social

Foto del escritor: Martina Gnecco
Martina Gnecco
21 ene
3 min de lectura

Incendio helicoptero

Los incendios forestales que han afectado a las regiones de Biobío y Ñuble han

generado un impacto profundo no solo a nivel material y ambiental, sino también en la salud

mental de las personas, familias y comunidades que han vivido evacuaciones, pérdidas,

amenazas a la vida y una fuerte sensación de incertidumbre. En este tipo de emergencias,

las reacciones emocionales intensas son esperables y comprensibles: miedo, angustia,

tristeza, rabia, desorientación, alteraciones del sueño, dificultades para concentrarse y una

sensación persistente de alerta. Frente a este escenario, los primeros auxilios psicológicos

se constituyen como una herramienta fundamental para brindar apoyo emocional inmediato,

humano y respetuoso, orientado a reducir el malestar inicial y favorecer el afrontamiento en

un momento de crisis.

Los primeros auxilios psicológicos no implican intervención clínica ni diagnóstico,

sino una forma de acompañamiento centrada en la presencia, la escucha activa y la

Validación de la experiencia subjetiva de cada persona. Su objetivo principal es ayudar a

restablecer una sensación básica de seguridad, calma y orientación, facilitando el acceso a

información clara y a redes de apoyo disponibles. Esto supone respetar los tiempos

individuales, no forzar el relato de lo vivido, evitar juicios o interpretaciones, y reconocer los

recursos personales y comunitarios que las personas ya poseen para enfrentar la situación.

En contextos de incendio, este acompañamiento puede ser clave para disminuir la

sensación de desamparo y fortalecer el sentido de conexión con otros.

Es importante considerar que el impacto psicológico de una catástrofe no se limita al

momento inmediato de la emergencia. Si bien muchas personas logran ir recuperando su

equilibrio emocional con el paso del tiempo y el apoyo adecuado, otras pueden presentar

repercusiones a mediano y largo plazo, como síntomas persistentes de ansiedad,

depresión, estrés postraumático, duelo complejo o dificultades para retomar la vida

cotidiana. La pérdida de viviendas, fuentes de trabajo, territorios significativos y vínculos

comunitarios puede afectar profundamente los proyectos de vida y la identidad personal y

colectiva. Por ello, el trabajo en salud mental no debe agotarse en la fase aguda de la crisis,

sino que requiere una mirada sostenida en el tiempo.

En este sentido, el fortalecimiento y la articulación de las redes psicosociales resulta

fundamental. Servicios de salud, equipos de atención primaria, organizaciones

comunitarias, establecimientos educacionales, agrupaciones territoriales y redes informales

de apoyo cumplen un rol clave en la detección temprana de necesidades, en el

acompañamiento continuo y en la derivación oportuna cuando se requiere atención

especializada. La recuperación emocional tras un desastre es un proceso colectivo, que se

construye en la vida cotidiana, en el reencuentro con otros y en la posibilidad de reconstruir

sentido y pertenencia.

La labor de quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental se inscribe en este

contexto, como una expresión concreta de responsabilidad social. Acompañar, orientar y

sostener emocionalmente a personas afectadas por los incendios no es solo una tarea

técnica, sino también un compromiso ético con la dignidad humana y el bienestar

comunitario. Esto implica actuar con sensibilidad cultural, respeto por las realidades locales

y conciencia de las desigualdades que suelen profundizarse aún más tras las catástrofes.

Promover espacios de contención, cuidado y apoyo mutuo hoy, y mantenerse atentos a las

necesidades que emerjan en el futuro, es parte fundamental del aporte que la salud mental

puede y debe realizar en procesos de emergencia y reconstrucción social.

 
 
 

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